(Y dice que un pendejo no puede escribir! de dónde salió esta señora? tiene demasiados odios, o tal vez, demasiados compromisos)
En las grandes ligas
Roberta Garza
2009-06-02
(...)
... Hugo Chávez alegó, para escaparse de un diálogo con Castañeda, Vargas Llosa y Krauze de donde difícilmente hubiera salido vivo —después de todo, como decía Octavio Paz de Monsiváis, no es lo mismo tener ocurrencias que ideas—, después de invitarlos a su programa Aló presidente, que él no debatiría con el peruano —propuesto por los mexicanos como interlocutor primario en aras de la claridad—, que para eso estarían sus “intelectuales socialistas”. Chávez se propuso sólo como moderador porque —en sus palabras—, él estaba en las grandes ligas, exigiéndole al escritor que primero llegara a presidente y que luego hablarían. Al final, canceló su programa sin mayores explicaciones.
Aún si la lógica aplicara —ya hemos visto reiteradamente que cualquier pendejo puede ser presidente, mientras que no cualquiera puede ser escritor—, lo interesante de todo esto no es tanto el circo como los changos: el jefe de Estado que busca emular al libertador de las Américas no tiene empacho alguno en hacer ridículos internacionales cada tercer día, en cerrar medios de comunicación que le son adversos, en amenazar con expulsar a opositores ni en describirse sin parpadear como superior en dignidad a los demás mortales.
Pero nada de eso es novedad. Lo verdaderamente asombroso es cómo es posible que exista quien, como la autobautizada Yeidckol Polevnsky, tome a remedos de fascistas como ése y como su homólogo cubano —peor de censor, de represor y de autoritario que el de Caracas— como ejemplos a seguir, atribuyéndoles incluso infalibilidades (Castro no puede equivocarse, dijo la senadora) que sólo el fanatismo más oscurantista puede otorgarles. Cuando menos el pueblo cubano se salva del oprobio, pero Chávez y Polevnsky, entre otras lacras tanto de derecha como de izquierda cuya lista sería interminable, llegaron a sus sillas por la vía del sufragio universal: de cara a nuestras siguientes elecciones conviene preguntarse, ¿en qué momento se desconectan la inteligencia, el juicio crítico y la democracia?
Diario Milenio
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