¿Y después de “votar en blanco”?
El asalto a la razón
Carlos Marín
2009-06-08
El llamado a “votar en blanco” el 5 de julio remite al grito provocador en recintos abiertos y cerrados en que se congregan multitudes, aquel de “¡fuego, fuego…!”.
Sus promotores y compañeros de viaje esgrimen como argumento la obviedad del desencanto social por los políticos y la partidocracia, por las promesas incumplidas y la corrupción, en fin: por lo mismo de siempre, como si hubiesen descubierto apenas un sentimiento histórico y generalizado en amplias capas de la población.
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Ninguna elección intermedia suele motivar una participación mayoritaria de votantes, pero no sobra recordar que hace apenas tres años, para elegir Presidente, contó cada uno de los 40 millones 588 mil 729 votos emitidos...
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Por explicables que sean los reclamos de los anulacionistas a la clase política, da risa que supongan que su llamado a “votar en blanco” servirá de algo que no sea garantizar que el voto duro de los partidos contendientes, o sea, que una ínfima minoría se imponga en la renovación de alcaldías, delegaciones y diputaciones locales o federales.
Si se cae en el juego de condenar el sistema electoral, ¿qué viene después?
Porque dentro de “lo que está mal” hay que contar otras actividades del quehacer político, social y de gobierno.
De prosperar el tan reaccionario como suicida “voto en blanco”, habrá nuevas provocaciones para que los padres no inscriban a sus hijos en el sistema de enseñanza pública (de llevarlos a una guardería oficial, ni hablar); para abstenerse de levantar denuncias por cualquier delito y para que desaparezca la selección mexicana de futbol.
¿En serio la tontería ésa de que “al diablo con las instituciones”?
Diario Milenio
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